

EL ORO COMO LEY

En el Páramo Alto del Buey, ubicado a seis horas de la vereda de Peñas Blancas, en los Farallones de Cali, la fiebre amarilla se vive desde hace décadas. Entre 2023 y 2024, un grupo interinstitucional integrado por la Policía, Fiscalía, Parques Nacionales y el Ejército logró cerrar 11 bocaminas y destruir maquinaria ilegal valorada en más de 5.000 millones de pesos, en uno de los mayores operativos recientes.
Esta investigación evidencia cómo la minería ilegal se instaura y asume el papel del Estado en este sector, regulando las dinámicas de la sociedad periférica. Este sistema no solo instrumentaliza a la comunidad campesina, sino que establece una economía circular que involucra a la población local, entidades estatales, redes de prostitución y joyerías de la ciudad de Cali.

EL COSTO DEL PROGRESO
"El costo del progreso" es un documental que complementa una investigación periodística sobre la minería ilegal en la vereda Peñas Blancas, del corregimiento de Pichindé. A través de los testimonios de David Espitia, exminero; un segundo exminero, quien prefirió mantener el anonimato; y Sandra Franco, cuya labor comunitaria y ambiental en Parques Nacionales ha sido clave, este trabajo ofrece una mirada profunda a una problemática que ha golpeado a la comunidad campesina de la vereda y tiene repercusiones en el casco urbano de la capital vallecaucana.

EL ORO COMO LEY


- Peñas Blancas - foto: David Escobar
Peñas Blancas
Desde la urbe caleña no se alcanza a ver. Se sube vía Cristo Rey, y el paseo continúa hasta dar con la parada del río Pichindé, donde se bifurca el camino: a mano derecha, Pichindé; a mano izquierda, cuesta arriba, Peñas Blancas.
Sobre la calle 10, entre carreras 10 y 11, en el Centro de Cali, se halla un gastado portón azul. Sirve de única entrada a un lote baldío encerrado por tapias; aquí dentro se reciben y despachan chivas y gualas con destino (entre otros) a la vereda Peñas Blancas. Se trata de una terminal tosca, improvisada. Su suelo es primitivo y polvoriento. Al lado derecho, debajo de unas tejas de zinc onduladas, se encuentran asientos de color azul, donde la gente se acomoda para esperar el transporte e intercambiar palabras.
En internet, la información sobre la población de la vereda es limitada. Al teclear "Peñas Blancas, minería ilegal", se obtienen más resultados acompañados de amplios reportajes centrados en la explotación del suelo. Quienes caminan sobre él parecen invisibles.
***
De manera técnica, la minería es el proceso de extracción de minerales, metales y otros recursos naturales del subsuelo o la superficie terrestre. Sin embargo, en los Farallones, el minero la define con otras palabras: “es un aguacero, una suerte”, describe, refiriéndose a ella como una forma de sustento inestable.
La minería mineral comienza con la exploración para localizar depósitos, seguida de la extracción del mineral, que puede realizarse a cielo abierto o de manera subterránea. Luego, el mineral extraído se tritura y muele para separarlo de las impurezas mediante procesos de concentración, como flotación o lixiviación. Finalmente, se lleva a cabo la refinación para obtener el metal o mineral puro.
"El trabajo depende de la veta de oro, porque el oro es un metal que permanece debajo de la tierra, y las características del terreno varían: hay tierras altas, gruesas y bajitas. Si la veta de oro está muy profunda, se necesitan más personas para trabajar. En una mina pueden trabajar desde 3 hasta 50 personas, dependiendo de la veta. El personal no tiene salario fijo; todo depende de la producción", asegura un exminero del Cauca, quien comenzó a trabajar en las minas de la Costa Pacífica desde los 7 años.
Existe la minería legal y la minería ilegal, la minería artesanal y la minería industrial; así mismo, hay áreas protegidas donde no se puede ejercer ningún tipo de minería.
En 1968, el Estado colombiano, a través del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, trazó líneas imaginarias sobre el mapa para declarar aproximadamente 200,000 hectáreas de los Farallones de Cali como Parque Nacional, mediante la Resolución Nº 092.
«Por la cual se reserva y declara PARQUES NACIONALES NATURALES a las zonas conocidas como FARALLONES DE CALI, en el Departamento del Valle del Cauca y PURACÉ en los Departamentos del Cauca y Huila». Profesa el documento.
A diferencia de Puracé, donde se tuvo en cuenta la presencia de las comunidades asentadas, la solicitud para declarar los Farallones de Cali como Parque Nacional se fundamentó exclusivamente en las características naturales de la cordillera, ignorando a los habitantes del territorio.
El Estado, de manera somera, asumió la presencia de personas en el área, sin profundizar en sus condiciones. En su lugar, autorizó en esta misma resolución al Gerente General del Instituto de la Reforma Agraria para que adquiriera o expropiara las tierras privadas dentro de los límites del Parque Nacional Farallones de Cali.
«Autorízase al Gerente General del Instituto para que dentro de las áreas de los parques de los Farallones de Cali y del Puracé, proceda a adquirir las tierras que resulten de propiedad privada y ordene la expropiación de las mismas si a ello hubiere lugar, mediante los trámites señalados en las Leyes 135 de 1961 y la. de 1968 y sus decretos reglamentarios». Expresa de manera explícita el documento.
La zona, para ese entonces, ya era habitada por familias campesinas, en su mayoría migrantes provenientes del Cauca y Nariño. La comunidad de Peñas Blancas quedó excluida por una ley creada desde el desconocimiento de la realidad del territorio.
“Los campesinos tenemos memoria”
La minería ilegal ha vuelto a poner a la vereda de Peñas Blancas en el radar de las autoridades. Esta región ya había atraído atención en 2002, cuando las extintas FARC secuestraron a 12 diputados de la Asamblea Departamental del Valle del Cauca, un acontecimiento histórico conocido abreviadamente como el "secuestro de los diputados".
A lo largo del camino hacia la vereda, a mano derecha, se encuentra un rancho abandonado con un graffiti que dice “FARC-EP”. Han comenzado a circular rumores sobre la posible reaparición de grupos insurgentes en la zona, especialmente después de que se registrara la presencia del frente Jaime Martínez en las regiones cercanas de El Queremal y La Cumbre.
Dentro de la vereda se augura un misterio. El lugar es silencioso; lo atraviesa una brisa fría. En el horizonte, envueltas en nubes cenicientas, se adivinan las peñas.
"Se siente tensión en el ambiente", dice Natalia Escudero, joven oriunda de la región. No es fácil el contacto con los locales; debido a las constantes capturas en la zona (a causa de la minería), existe desconfianza hacia todo extraño que ingrese al territorio.

La Junta de Acción Comunal de Peñas Blancas, compuesta por 16 miembros de la comunidad, opera desde una caseta ubicada en el colegio del pueblo, al fondo del terreno. Este año, su sede está en proceso de remodelación, y al mismo tiempo, están trabajando en la construcción de un salón de eventos en el mismo espacio, con el objetivo de crear un lugar que sirva como epicentro de actividades comunitarias y sociales.
La vía directa hacia una parte de la población de Peñas Blancas es la institución Parques Nacionales. Paradójicamente, a pesar de la tensa relación entre la comunidad y las entidades estatales, los líderes de la Junta de Acción Comunal colaboran con esta entidad. Sin embargo, esta "vía directa" se asemeja más a las trochas que serpentean hacia la vereda desde Cali.
Para conocer el trabajo de la entidad dentro del territorio, Parques Nacionales exige una latosa serie de formalidades; entre documentos notariales y formatos interminables, se gasta una absurda cantidad de tiempo.
La tensión con el Estado, originada por la forma en que este ha operado en la comunidad, es una de las principales vetas que permite que la minería ilegal se instaure en la población y se apodere de ella. "Los campesinos tenemos memoria", dice Paola Alzate, ex trabajadora de la mina y ahora guardaparques de Parques Nacionales, al reflexionar sobre aquella compleja relación.
Para reforzar la idea: durante los operativos de liberación de los diputados secuestrados y el desmantelamiento de campamentos guerrilleros, el Ejército arremetió contra la población civil, dejando un rastro de falsos positivos judiciales y hostigamientos. Familias enteras fueron acusadas sin pruebas de colaborar con la guerrilla, viviendo bajo la constante sombra de la sospecha y la intimidación.
"Quien tiene las armas tiene el poder", comenta Paola Alzate, víctima directa de estos abusos. Ella recuerda el día en que miembros de la guerrilla irrumpieron en su casa para exigirle que preparara almuerzo para 30 personas, así como los momentos en los que el Ejército la acusó, a ella y a su familia, de colaborar con el grupo armado.
Un exminero de la zona relata que fue capturado y presentado como un falso positivo. Con exactitud, cuenta que duró 14 meses y 13 días privado de la libertad. Este periodo marcó el inicio de una profunda estigmatización hacia la comunidad.
Los conflictos con las autoridades ambientales también han sido una presencia histórica en la región. Muchos campesinos de la zona trabajaban como aserradores y dependían de la tala de árboles, especialmente de especies con maderas finas (además, esenciales para la preservación del ecosistema). La tala era controlada por la guerrilla; destinaban días específicos para cada familia. No obstante, en las carreteras, cuando la madera tomaba rumbo hacia el comercio en Cali podía ser decomisada por las autoridades ambientales de la zona.
El pasado, tan bien guardado en la memoria de los pobladores, ofrece indicios para entender qué es y por qué la minería en los Farallones de Cali.


- Minas del Socorro, 2016. - Foto: David Escobar
La minería como sistema político y económico
En ausencia del Estado, la minería se instaura y asume el papel de un sistema que regula las dinámicas de una sociedad periférica, instrumentalizando a una comunidad campesina históricamente marginada.
Existen varias historias sobre el inicio de la actividad minera en los Farallones de Cali. Se dice que otrora la minería era ejercida por unas pocas familias, y que la mayoría de los pobladores de la vereda desconocía esta actividad. Como si fuera un cuento simple, una fuente local relata que el auge de la minería comenzó cuando uno de los pocos mineros contrató a un arriero para subir víveres. Al llegar al lugar, el arriero se quejó del mal estado de la trocha; exigió una pronta reparación para continuar con su labor. Un minero fue a verificar la ruta y, en el trayecto, se encontró una piedra llamativa. La llevó hasta el punto donde estaba trabajando y, al picarla, descubrió un preciado mineral: el oro.
En los relatos de los pobladores se pueden identificar dos fases de la minería: antes y después de los foráneos. Un gentilicio plural resuena con frecuencia: “Los caucanos”. Así llaman a los mineros provenientes de Suárez, Cauca, quienes conocen mejor el oficio de explorar el suelo. Dicha división, que resultó en un proceso de extracción cada vez más acelerado y técnico, acabaría por deformar el orden dentro del territorio.
Al principio, gran parte de la población dedicada a la explotación maderera migró hacia la minería, por encontrar en ella, pese a una gran demanda física, una garantía comercial: el metal no sería decomisado, como sí la madera. Entonces el trabajo en la mina se realizaba en asociaciones y entre conocidos. “Los mineros se cuidaban de qué tipo de personas iban a trabajar a la mina, se aseguraban de que no tuvieran vicios”, afirma Edgar Muñoz, con su tono de voz autoritario, exminero y hoy presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Peñas Blancas.
Poco a poco, la fiebre amarilla fue tomando fuerza, convocando a más y más mineros de diferentes lugares dispuestos a escarbar la montaña por días hasta encontrar el preciado metal. “El minero es persistente; así no encuentre el oro, sigue, porque siempre piensa que más adelante lo hallará”, dice Muñoz.


- Minas del Socorro,2016. - Foto: David Escobar
Vetas de poder
Este ingreso convulsivo de mineros derivó en la ampliación de los oficios al servicio de la mina, reforzando la idea de la vereda Peñas Blancas como una “sociedad minera”. Una sociedad cuya economía circula desde la montaña.
Arriba en el páramo, donde el frío cala hasta los huesos, se necesitan manos para trabajar.
La mina incita a una porción importante de la comunidad de Peñas Blancas a laborar para ella; se disputan entre locales y foráneos el sustento que ofrece la montaña. Esta febril fijación en el oro incrementa la violencia en el páramo e ingresa en la cotidianidad de la vereda. “La minería degradó el tejido social de Peñas Blancas”, afirma Paola Alzate.
En 2011, el entonces alcalde Jorge Iván Ospina subió a las montañas de Peñas Blancas para clausurar una bocamina, en un acto que buscaba enviar un mensaje contundente contra la minería ilegal. Sin embargo, los pobladores aseguran que la medida fue contraproducente. “El minero está donde está el oro; el show mediático solo atrae a más mineros a la zona”, afirma el presidente de la Junta de Acción Comunal.
Como un sistema político, la minería opera en Peñas Blancas, donde la vereda se organiza alrededor de su propia moneda: el oro. Todo se paga en oro, excepto al arriero, quien recibe 300 mil pesos por subir a lomo, gasolina o enseres. El frío es tan intenso y el entorno tan primitivo que el papel se puede deshacer.
Se comercializan alimentos, mercurio, gasolina, sexo, whiskey, sustancias alucinógenas, entre otras cosas. Aunque no todos los habitantes trabajan directamente en el socavón, un gran porcentaje depende de las variantes comerciales de la minería.
A la mina solo se llega a pie o a lomo de mula. Los dueños de los caballos los alquilan para transportar mangueras, cilindros, cables, taladros, botas, botellas de whiskey y alimentos hacia las alturas donde la minería se impone. La demanda de suministros para estos animales también ha florecido, lo que impulsa las ventas de quienes comercian con ellos. Antes de los operativos, era común ver decenas de mulas desfilando por la montaña, cargadas con los elementos necesarios para mantener en marcha la actividad minera.
Se dice que desde Cali llegan mujeres para prestar servicios sexuales, llevadas por proxenetas. El trayecto inicia en chiva desde la capital vallecaucana hasta la vereda, y luego se adentran en el terreno escarpado, continuando a caballo hasta los campamentos mineros. Allí montan carpas en la montaña para ofrecer sus servicios. El pago, como con lo demás, se realiza en oro. La cantidad varía dependiendo de los atributos físicos de la mujer.
En otras actividades no se discriminan géneros. Por ejemplo, mujeres y hombres pueden dedicarse a cocinar. Sin embargo, hay grupos que tienen un puñado de personas dedicadas exclusivamente a la cocina. Alimentarse en la mina es costoso; “una libra de arroz puede salir en 15 mil pesos”, cuenta el presidente de la Junta de Acción Comunal.
El oro redefine las reglas del territorio y el uso de la tierra. El suelo se fragmenta siguiendo las vetas, y cada bocamina lleva el nombre de quien la descubre. Aunque ese bautizo no garantiza permanencia. La ley del más fuerte es la que rige este sistema: basta con que un grupo más grande y armado llegue para desalojar al descubridor.
Según relatan exmineros, “Los caucanos” dominan el entorno de la mina. Es con ellos con quienes se consigue el mercurio; alquilan viviendas o habitaciones a pobladores de la vereda y transportan la maquinaria artesanal necesaria para la extracción. Su experiencia en el área les ha permitido establecer la mayoría de los “trabajaderos”, como llaman a los rudimentarios cambuches que sirven tanto de almacenes para herramientas y enseres como de refugios para los mineros tras sus largas jornadas.


- Minas del Socorro,2016. - Foto: David Escobar
Las condiciones de trabajo en la mina son extremas y precarias. “Me daba miedo meterme en esos socavones tan profundos y no poder salir de allí, pero el miedo se va cuando uno empieza a ver dinero”, cuenta Muñoz. Los derrumbes o accidentes no tienen cómo ser atendidos en la montaña.
Muchos trabajadores de las minas no tienen conciencia del daño que causan los químicos utilizados; no solo al medio ambiente, sino también a la salud humana. “Un día comimos mercurio. Estábamos cocinando y trabajando, y salpicaron gotas de mercurio en la olla. Ya cuando nos dimos cuenta, pues ya era tarde”, cuenta Edgar Muñoz, tranquilamente. Más tarde relata que, según lo que ha leído, cree haber experimentado los efectos del mercurio en su cuerpo. En el transcurso de la charla que sostenemos, se desconecta por minutos. “Los efectos del mercurio”, dice, denotando estrés, a la vez que se disculpa por perder el hilo de la conversación.
En la mina se trabaja de día y de noche. Aunque en los últimos años, desde que el Estado comenzó a hacer presencia en la parte alta de la montaña, se trabaja principalmente de noche. Muchas personas decidieron alejarse de esta actividad, pues era alto el hostigamiento de los militares y debían esfumarse al primer aviso de intervención. Sin embargo, a pesar de las dificultades y los peligros, muchos jóvenes de la vereda siguen aferrados a este trabajo. La mina les promete una vida mejor, de motos potentes, de lujos soñados, a riesgo de todo, pues habitan un lugar donde las opciones son pocas y las oportunidades, aún menores.
Aquellos que deciden abandonar la mina se enfrentan a una dura realidad: no hay opciones de empleo alternativas dentro de la vereda. Cuando el hambre llama a la puerta, las probabilidades de que el minero regrese a la montaña son altas. No existen nuevas economías que permitan a los exmineros garantizar su sustento. Mientras tanto, aquellos que siguen en la mina, jugando al gato y al ratón con el Ejército, saben que en la parte urbana de Cali el oro extraído de manera ilegal encuentra su destino en las joyerías, muchas de ellas de gran renombre.
Parques Nacionales y la fundación Ecotonos han puesto en marcha un proyecto para tomar muestras de mercurio en la población de la vereda; sin embargo, los detalles de este proceso son un misterio. A la comunidad se le ha informado que solo recibirán los resultados de las pruebas de mercurio, pero sin ninguna garantía de asistencia en caso de que los niveles encontrados sean altos, por lo que muchas personas se muestran renuentes a las tomas. "Si no hay ayuda, la gente prefiere no saber, porque ¿qué ganan con saber?“ dice el presidente de la JAC.
Desde Parques Nacionales, no hay una respuesta clara sobre las acciones a tomar en caso de que se detecten altos niveles de mercurio en la población. Al ser consultado sobre las posibles medidas, el encargado del proyecto se quedó sin palabras, limitándose a afirmar que la labor de esta entidad se circunscribe al ámbito ambiental y que el manejo de esos casos corresponde a las autoridades de salud pública.
La Junta de Acción Comunal de la vereda, conformada por exmineros que buscan dejar atrás la minería ilegal, apuesta por el ecoturismo como una alternativa económica. Actualmente trabajan en proyectos para impulsar esta iniciativa y gestionan apoyo estatal. Sin embargo, dentro de la comunidad, no todos comparten esta visión; algunos prefieren continuar con la minería, argumentando desconfianza hacia las entidades gubernamentales, escasez de opciones laborales y los ingresos significativos que obtienen de esta actividad ilegal.
El presente de Peñas Blancas es como una travesía en la que aves de mil colores guían el camino de los aventureros, cada uno con un ideal distinto. En un país que hace la vista gorda a sus distintas periferias, actividades como la minería terminan por asumir roles correspondientes al Estado. Estas actividades que recubren con espesas capas un fragmentado y débil esquema social, que merece ser atendido.

VOCES DE LA TIERRA
PODCAST
Tres mujeres, tres caminos marcados por un territorio en transformación. Paola Alzate, Verónica Escudero y Natalia Escudero son parte de una misma familia, pero sus historias reflejan distintos rostros de la minería en los Farallones de Cali y Peñas Blancas. Paola, la madre, pasó de la tala y la minería ilegal a convertirse en una líder ambiental y guardabosques, trabajando por la conservación del mismo ecosistema donde antes extraía oro. Verónica, la mayor de sus hijas, creció entre socavones y senderos ocultos, hasta que la ilegalidad la arrastró a una cárcel en Ecuador, donde hoy lucha por su repatriación. Natalia, la menor, recuerda la mina como un juego de infancia, pero con el tiempo comprendió su impacto y ahora se pregunta cuál será el futuro de su comunidad. Sus voces reconstruyen la compleja relación entre la minería, la familia y la lucha por encontrar un camino distinto.


Verónica Escudero, la mayor de tres hermanas, tiene 27 años y cumple una condena de 10 años en la cárcel CPL Guayas 2, en Guayaquil, Ecuador. Lleva casi cinco años presa, sin apoyo de su consulado y lejos de su hijo, a quien dejó en Colombia cuando tenía siete años. Creció en una familia de aserradores que migró a la minería, aprendiendo a trabajar el oro y el mercurio junto a su padre, sin miedo al monte ni a los socavones.
Dada la complejidad del caso y las restricciones de comunicación en prisión, esta entrevista se realizó mediante audios de WhatsApp.
Presiona para escuchar la entrevista.

.png)
Natalia Escudero, de 23 años, creció en Peñas Blancas, en una familia donde la minería era parte del día a día. Menor de tres hermanas, recuerda las visitas a la mina con su padre como un paseo, ayudando en la cocina y el lavado del oro, lo que le permitió costear pequeños lujos como su primer teléfono. Su infancia estuvo marcada por la separación de sus padres y los problemas de su padre en la mina, aunque en aquel entonces aún veía su vereda como un paraíso. Con el tiempo, entendió los riesgos de esa cotidianidad, especialmente tras la muerte del padre de una compañera en un accidente minero. Hoy reflexiona sobre el impacto de la minería en su comunidad y se pregunta qué futuro le espera a Peñas Blancas, un territorio donde el oro ha sido tanto sustento como condena.
Presiona para escuchar la entrevista.


Paola Andrea Alzate Cerón, líder comunitaria y ambiental de 45 años, ha dedicado gran parte de su vida a los Farallones de Cali. Junto a su esposo, trabajó en la tala de árboles y la minería ilegal, y a los 26 años ingresó a las minas de oro de El Socorro. En 2009 se unió al Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente (DAGMA), dando inicio a su trayectoria en la conservación ambiental. Desde entonces, ha inspirado a otros miembros de su comunidad a unirse como guardabosques. Actualmente, es guardabosques en Parques Nacionales Naturales de Colombia y ha dejado su huella en la biodiversidad con el descubrimiento de una nueva orquídea que lleva su nombre: Lepanthes paolaalzateana.
Presiona para escuchar la entrevista.

FANTASÍAS ENCAPSULADAS
Fantasías encapsuladas es una serie de pequeños relatos sonoros que capturan la esencia de Peñas Blancas a través de susurros de oro, tierra y misterio. Aquí, la economía late al ritmo del metal precioso, la siembra es un pacto entre el hombre y la tierra, y en los rincones más profundos del territorio, pequeñas criaturas fantásticas se deslizan entre lo real y lo imaginado. Entre voces, ecos y silencios, estos relatos invitan a escuchar no solo lo que se cuenta, sino lo que aún vibra en la memoria de la vereda.
GRAMOS
LA SIEMBRA
SERES
LAS HADAS
LA LEY DEL MIELERO
La antología “La ley del mielero” es una bocanada de aire en el viaje angustioso de esta investigación. Nace del taller de cartografías sobre el territorio y el valor del entorno natural, que se realizó con un grupo de nueve estudiantes de la Institución educativa de Los Andes en la vereda de Peñas Blancas. Es la historia de un mielero común —una de las aves distintivas de los Farallones— que en medio de su vuelo observa a un grupo de niños realizando cartografías de la ruta que toman de su casa al colegio. Una escena inusual en la montaña, pero llena de simbolismo.
¿Cuál será la ley del mielero?

EQUIPO DE TRABAJO
.png)
Tatiana Cadena
Editora
David Gálvez
Editor
Andrés Salinas
Editor de contenidos
Stefanny Daza
Productora
Salvador Mendieta
Productor
El ORO COMO LEY